Bueno,
ahora con más tiempo, y dado que José Mª las espera como agua de
mayo, ahí van unas cuantas letras de la Ruta de Guillena:
La
del Agua ha sido la primera, espero, de una serie de rutas en las que
podremos disfrutar del deporte, de la naturaleza y de la amistad entre
los que compartimos aficiones tan similares.
En esta ocasión,
llegamos a la tierra de Curro Romero y del Betis a primera hora de la
mañana. Como debe ser, antes de nada, a comer, que para eso aún no es
esto Alemania, aunque poco le falta. Y puestos a dar trabajo a las
tripas, nada mejor que una buenas tostás en un bar adornado por un
cartel del Betis. No podíamos empezar con mejor pie (o pedal).
Una
vez bajadas de los coches las bicis, cosa nada fácil porque el
portabicis del cochazo de Juan R. es de los que deben venir con un
manual de instrucciones de muchas páginas y, tras un animoso debate
respecto a si ropa larga o corta, manguitos o camiseta térmica, barritas
o geles… y galgos o podencos, nos pusimos en marcha.
Pronto tomamos
el primer desvío desde el Cordel de la Cruz de la Mujer (vaya
nombrecito) hacia un carril, inicio de la Ruta del Agua, perfectamente
acondicionado para rodar, que nos llevaría paralelo al río Huelva entre
pinos, encinas y los siempre presentes quejigos. Un carril por el que
transitar plácida y bucólicamente, a no ser porque algunos ciclistas en
contramano pudieron darnos algún sobresalto morrocotudo.
Siguiendo
éste hay un primer punto de interés con información sobre la ruta y que
es parador, merendero y meadero (por supuesto). Más adelante y,
desviándonos 400 m. por un senderito sinuoso y tras subida por un
repechón con todas las piedras de la comarca juntas, llegamos a un
mirador, que, lástima, los gamberros (o la Merkel) han ido
desmantelando, pero que aún así hace posible un descansillo desde el que
poder exclamar un: “¡ostia, qué bonito!”. Allí, tras varios intentos,
logramos hacernos unas fotillos de grupo, porque para eso Juan R.
llevaba una cámara fashion de verdad (en consonancia con su bici y con
su coche). Y, seguidamente, Fernan nos puso el corazón en un puño,
sobre todo a mi que le he comprado la bici nueva, al bajar el repechón
pedregoso por el que una cabra montés dudaría coger. Parece que hay
gente a la que la fuerza de la gravedad no le afecta de igual manera que
al resto de los mortales, Javier. “¡Niñoooo que te vas a “ehcoñá”!.
Salvi y Ramón no hubieran resistido la tentación de probar también.
Nos
volvimos a poner en marcha al instante y José Mª repetía por enésima
vez: “vosotros, correr, que yo voy haciendo fotos”. Se hartó, aunque
él quería más.

Más adelante, llegamos a un punto emblemático de la
Ruta: “La Cantina”. Lugar en el que reponer fuerzas, pero si no te dan
miedo los perros, porque allí los hay más que donde los hacen. Tras
intentona frustrada de parar, porque no nos daba tiempo, enfilamos la
“Cuesta del Toro”. Los más fuguillas se lo tomaron como si arriba
puntuara para el Gran Premio de la Montaña, mientras otros la
“negosssiamos” poco a poco. La tentación de extender la mirada al
fondo, donde todo parece una primavera anticipada, era irresistible. En
ese momento, Fernan encontró un GPS último modelo , pero cuando se
imaginaba a los Reyes Magos por adelantado, apareció un muy amigo del
que lo perdió. Y digo lo de muy amigo, porque "despedaleó" no sé cuántos
km para buscarlo. Tuvo suerte. Mientras, Manolo “rajando” de que allí
“las cuestas son todas p´arriba”. Qué exagerado. Y es que va dando
tirones, lo que consume mucha más energía. “¡Ánimo, Manuel, que aún
queda lo peor (o mejor según se mire)”.
Un poco más allá llegamos a
los tan temidos, por uno más que por otros, toros de lidia. José Mª
parecía que tenía delante a la mismísima Troika. Unos bicharracos, que
están condenados a la suerte de ver pasar ciclistas sin poder ser
empitonados. Les consuela tal vez saber que más tarde el “Scalextric”
hará el trabajo por ellos. Allí, una vez más, nos hacemos fotos, pero
sin perder de vista a uno de los astados, negro bragao y meano, al que
el propio Juan Lozano habría adoptado y José Mª perder de vista.
Luego
llegamos a los Lagos del Serrano, donde aburro a los que aún tenían la
paciencia de escucharme, relatando la historia de un día de baño estando
medio escayolado allá cuando uno tenía edad de dudar de que el cuerpo
humano pudiera tener huesos. Y poco después llegamos a El Ronquillo,
donde hay una tiendecilla chica chica en la que pueden sacarse
bocadillos grandes grandes. Yo mismo me despaché uno de mortadela, que
no pasaría un control antidoping.
Y a partir de ahí, una bajada
escalofriante hasta la Vía del antiguo Tren Minero, que Fernan la hizo
más aún escalofriante aún, casi a punto de arrastrar la rodilla en las
curvas. La mare (y el pare) que lo parió. Tampoco Manolo y Lolo bajan
mal. Lo del primero de éstos, definitivamente, son las cuestas abajo.
Sin embargo, Los del Coloma se lo toman con tranquilidad, que para eso
son funcionarios, ¡coño!
La Via del Tren Minero, preciosa, Domingo,
con un gran lago a un lado y mucha vegetación al otro. Un paisaje de
postal, de los que tanto gustan al de "Las Josefinas". Mientras, José
Manuel, arreglando (o lo que sea) el piso con la novia. En fin, "hay
gente pa to"".

Más tarde, enfilamos la tan temida en tiempos del
"Cuéntame como pasó" cuesta de la Media Fanega , que Lolo, tras
consulta cibernética, nos ilustró respecto a sus dimensiones en
cristiano, o sea, unos 2.112 m2. Y luego, la primera carreterilla que
hubo en esa zona y que, tras suave descenso, nos llevaría de nuevo a
la presa sobre la Rivera del Huelva, primero, y a La Cantina, después.
Ahí ocurrió la única avería mecánica, que no de la otra, del día: un
vulgar pinchazo por abrojo de José Mª, bueno, de la bici de éste. Y es
que por algo la palabra resulta de las de “abrir los ojos”. Adviértase
de que, aunque no es tiempo de abrojos, esta atípica primavera nos
depara sorpresas como ésa y ningún candidato mejor a pinchar que míster
Kodak.
Una vez reparado, continuamos la marcha, entre barritas,
plátanos y demás tentempiés. Y falta que nos harían, porque poco después
apechugamos con el famoso y temido “Scalextric”. Se trata de una cuesta
larga para unos y canalla para otros. Y ahí Juan R nos mostró su gen
escalador y subió a la velocidad a la que otros bajamos. Ante tanta
exhibición, me piqué, pero no logré verle el rastro al otro Pantani.
Al rato, tras presenciar la llegada del rosario de ciclista que parecían
suplicar “el rescate”, nos juntamos todos arriba y con ganas de besar
el suelo.
A partir de ahí, un suave y largo descenso con ganas ya
de devorar el posterior plato de papas fritas acompañadas de
“jervejas” fresquitas. Y así fue mientras comentamos las incidencias del
día, los paisajes, las pericias de Fernan, la persistencia de Javier,
el afán de tirar p´alante de Joaquín, el pundonor de Manolo, el buen día
para lucir el maillot de los MTBV de José Mª, lo metrosexual que
resulta Juan R. y la generosidad en el esfuerzo de Lolo. En fin, un
poco de todo. Pero no mucho, porque la tierra del sherry y Fernando
Alonso nos esperaban. Así que, al rato, y tras recuperar fuerzas,
“cada mochuelo a su olivo” y a pensar en la próxima, que dios quiera que
sea pronto: ¿Cazalla?, ¿Picacho-Peguera?, ¿Los Caños?, ¿Corredor Verde
del Guadiamar?, ¿Castilblanco de los Arroyos?…o la que ustedes
prefieran, señores.
Gracias.
Fernando.